Botas

Forzarme a salir. Una parte de mí lo pedía, pero la mayoría me ataba a la penumbra de mi habitación. Lo logré. Salí. Tomé una de esas bicis llamadas “eco” -como si todas las bicis no fueran eco- y andé. La ansiedad que sentía en casa comenzó a disiparse un poco. Respiré. Entre las callecitas levanté la mirada, admiré las casas, los árboles y el cielo claro, azul y despejado de esta tarde de invierno. Lloré, lloré como lloramos cuando la belleza intangible nos alcanza y la ironía de vivir a pesar del miedo nos cuenta el chiste en la cara. Llegué a mi destino no destino. Dejé la bici en una de sus estaciones, en esta había una pareja en sus treintas sentada. Él dijo ¿Sabes?, mejor me voy Ella dijo con la voz quebrada Por favor, no te vayas, sigamos hablando Se levantaron y ella lo agarraba fuerte para que no se fuera. Me estremeció la escena ¿Sonó familiar? O quizás solo pude palpar su dolor. Me fui. Caminé por el parque circular. Vi perritos y harta gente. No encontré abierto el espacio dónde puedes leer. Decidí ir al café pendular. Antes de llegar vi a una pequeña niña con un vestido muy mono y unas botas rosas para escalar las montañas de su vida. Me recordó a mí yo niña. Con vestidos, pero con botas para poder jugar y andar. Nunca fui del todo femenina. Fui tosca, pero no lo suficiente. Nunca encajé del todo, ni con las niñas ni con los niños. Fui la que desesperadamente quería encajar, ser abrazada por lxs demás. Ya no soy esa niña. Pero a veces vuelve. Algunas veces me agarra en la vulnerabilidad de la esencia, pero la mayoría de las veces la abrazo, bien fuerte, y le muestro todo lo que hemos escalado, todo lo que podemos llegar a ser, le enseño que todo -siempre- estará mejor. Siempre me tendré para abrazarme, aunque a veces se me olvide.

Otra caguama

Sentir con el estómago, con la garganta, con los pies. Sentir en los ojos los mares del mundo. Respirar un segundo solo para naufragar al otro ¿Qué hago con la angustia que me punza en la nuca? ¿Cuánta tristeza puede albergar mi corazón sin que este se marchite en la estancia? La luz entra y trato de que me de. Trato de alejar la bruma de mi cara, lo consigo a ratitos con dosis de té, café y series de amiges que pueden ser mis madres. Pero siempre vuelve, como a las playas de mi ranchito natal. El frío abraza y me entrega la nostalgia, me sirve a cucharada soperas la acidez del invierno y lo que este representa en mi vida ahora. Solía ser feliz en el invierno. Solía ser feliz más seguido ¿O será que la negación de años me hacía anestesia sobre las heridas ¿O será que el andar en bicicleta por la playa hasta que mis piernas no pudieran me consolaba las alas y me las reparaba tantito? No sé si nací melancólica. No sé si nací preocupada por darme cuenta de tanto. No sé si por eso la letras me encontraron y -aunque trate de alejarlas- siempre vuelven como un putazo o un vómito después de muchas caguamas, sólo para seguir tomando otra.

La La LA

La alegría y tranquilidad de la lluvia cayendo por tu cuerpo, desdibujando tu silueta pero -al mismo tiempo- trazando otra no extraña a ti, sino, escondida y encontrada por las gotitas pincel. Podría pasar horas mirando tu cuerpo mojado, con el agua cayendo, es como si ese fuera su único estado, el de verdad ¿el de verdad? ¿A qué puedo apostar con afirmar esto? A nada o quizás a tan solo decir lo que pienso cuando tu cuerpo ya hace mojado frente al mío.

Mochado

Tengo el pelo mochado. La mirada sumida. El cuerpo lo siento grande y mi corazón no se calma, ni para bien o para mal. Me siento a medias. Como si mi belleza y su impacto se hubiera desvanecido, y con ella lo que fui -o creí o quería ser-. Me siento a medias, sin acabar o -mejor dicho- mochada, mal cortada, dispareja y despedazada sin piedad, como mi pelo. O, quizás, este solo muestra la forma que ya hace en las fauces de mis tripas.

¿Dónde?

En el rollo fotográfico de mi mente, en el océano que traigo en los ojos, en la piel rayada por la tinta indeleble, en los textos que me abrazan y atraviesan la tripa, en los besos que te di de un vagón a otro, en esa esquina dónde nos dijimos lo más triste, en el departamento del centro, en las llamadas sin responder, en el consuelo que trae un té

                                         ahí, es donde vive mi memoria

por si un día me falla.

Ojos con piernas

¿Qué pasa con tus ojos cuando miraron a otras piernas? ¿qué pasa con los míos cuándo ya no te encuentran en el espacio? ¿cuándo ya no te escucho? o ¿cuándo el calor de tu cuerpo no abraza? ¿qué pasa con las piernas que te llevaron lejos de las puntas de mis dedos? ¿qué me pasó a mí? Que al recostarme en el césped me cubría de humedad y ahí, mojada y taciturna, pude ver el techo de la Cineteca: hermoso y agujerado ¿será que lo que construimos es así, bello y pinchado? ¿Será que los agujeritos de lo nuestro vendrán de las carencias hogareñas? Será -y esto lo afirmo- qué lo importante son los canalitos que escribimos para unirnos y que a pesar de los huecos, siempre, sin importar las piernas, el calor o la distancia, encontramos el camino de vuelta.

Niña mazapan

Para las que sanamos escribiendo:

Asumir que algo me duele me parte el alma. Cuando acepto que algo me duele es como si saliera la niña abandonada y descuidada que fui. Como si todos esos años de dolor y desatención destruyeran la mujer que soy ahora. Cuando digo que algo me lastima me siento indefensa, expuesta y como si a nadie le importara, porque mucho tiempo de mi vida así fue, nadie me cuidó o se preocupó por mí en ningún sentido y fui yo quién me sacó -como pude- adelante. Aunque el valerme por mí msma me ha hecho quién soy y me ha llenado -algunas veces- de orgullo, en el fondo es algo que me rasca las entrañas y me deja desangrándome por dentro, porque me parece tan injusto que nadie velara por mi bienestar y que mientras aprendía a defenderme y a cuidarme estuve a la merced de todo y todos. Me sorprende identificar este sentir cuando más expuesta al dolor estoy y que verbalmente expreso que aquello me duele, ahí sale la niña que fui y me desmorono como mazapán. La valentía que tengo o que me han llegado a admirar no ha sido más que la única manera con la que he llegado hasta el día de hoy. La valentía es algo maravilloso, pero es algo que no admiro en mí; no, para nada me trae regocijo, yo no quería ser valiente al crecer yo quería ser feliz y no se me permitió ni por un segundo.