Precipicio al pie

Yo no viví mucha de su cotidianidad enferma. Buscaba el mínimo invento de excusa para irme, incluso cuando estaba en la casa con él, no lo veía,  no realmente, me costó tanto trabajo darme cuenta, que realmente nunca lo hice. Todo lo imaginé como si no me estuviera pasando a mí, como si fuera una película muy triste, pero no mía. Lo imaginé como si no estuviera sola, sola con los sentires, con la pérdida en pausas, con la muerte pisando sus pasos y llevándoselo cada vez más rápido y dejándonos las migajas de un ser. Terminamos cuidando, cuando nosotros estábamos descuidados, en una casita que se caía, sin agua caliente y con poca comida; lo cuidamos sin hablar al respecto, cada quién lloraba en su esquina o se desahogaba como podía, cada quién miró al lado que pudo. Éramos tres, pero parecía que estábamos solos, tristes, con vendas en los ojos. Los días pasaban, yo corría las ansias por salir de ahí, hui, lo más pronto que pude y con quién pude, me fui porque no quería verlo desmoronarse y llevarse mi vida con él, dejé a los demás cuidarlo como pudieron, fui egoísta porque no sabía qué más hacer para salvarme, ya tenía un pie fuera al precipicio.

 

Que silbaba nuestros nombres en su recuerdo dormido.

Se fue hace mucho tiempo.

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