Copas de los árboles

Caminé la ciudad más que nunca, cada rincón y calle, hay gente que he topado más de una vez, incluso en esta ciudad enorme. Las avenidas siempre me han llamado, los árboles  enormes que con sus copas frondosas hacen casas entre las callecillas me han hecho sentir diminuta y a la vez parte de algo enorme. En mi mente puedo imaginar la ciudad, toda ella, es como un mapa gigante de lo que –para mí- es mi barrio, toda ella, toda ella, toda ella y yo, coexistiendo y siendo, aunque a veces me petrifica de miedo andar por ella, no hay lugar que me haga más feliz vivir, en ella, en mi delegación, colonia y en mi departamento; aunque regularmente imagino cómo sería vivir en aquel balcón que veo en la esquina, o en aquella colonia, o –quizás- en otras ciudades, la mayoría del tiempo me reconforta saber que esta es la realidad. Me gustaría decir que, cuando tenía trece o diez y seis años,  no podría imaginar todo esto, pero sí lo hice, de forma abstracta, pero lo hice, siempre supe que saldría de mi pueblo con mar y me iría, que comenzaría una y otra vez, me perdería a mí misma y me reencontraría más fuerte. Lo supe, de alguna manera, supe que volaría y navegaría a dónde yo quisiera, a dónde mi sangre fluyera tan fuerte y mis tripas sintieran la emoción apretujándolas.

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