Cuentos

Tú, corazón de tinta

Tenía trece y me enamoré tan idílicamente como se puede. Él tenía treinta y cinco, creo que en su mundo yo no estaba concebida, pensaba. Una tarde fui a un show de Opera, lo vi. En el medio tiempo bajé al sanitario y saliendo ahí estaba, me dijo que si quería una café (fuera había un Loung con cafetería) le dije que sí; me besó, una y otra vez y volvimos al show, no lo volví a ver hasta que tenía quince, en ese entonces él tocó y yo baile, nos comimos a miradas toda esa noche pero nunca nos acercamos.

Paso un tiempo y no supe nada de él. Viaje al centro del país. Un día recibí un correo electrónico que decía: “Perdona que sea tan brusco, pero las verdades a veces lo son. Me gustas y mucho; ya no puedo no saber de ti, tú que llenas tanto. Ojalá no sea tan largo el camino y aún quieras, tú, saber de mí. Te desea G.” (Creo que tenía mucho que no gritaba tanto) fue cuando algo verdadero comenzó. Primero fueron correos, cientos y diarios, después cartas reales. Ya no parecían años modernos.

Fue un catorce de Agosto que recibí esa carta, G venía a mi ciudad, después de tanto y después de realmente nada. Fui a su concierto, lo vi tocar y sentía sus palabras en mi entrepierna, no podía dejar de verlo, que hombre tan maravilloso. No estaba nerviosa pero él sí. Mentalmente no había más que lo necesario de distancia, pero físicamente si lo había. Me mandó una nota, que me esperaba en la fuente y así fue.

Cuando nos vimos, ahora de frente sin kilómetros ni cartas, no dijimos nada nos besamos, nos besamos como si la boca del otro fuera nuestra. Nos besamos mucho porque no había nada que decir. Nos amanecimos sin decir nada, comiendo todo eso que dijimos antes. Un poco antes de irnos, dijo: “Sos tan bella, mujercita, que si te tuviera cerca me matarías.”

Le besé las caderas, yo sólo quería que ese instante, ése que fue mío, durara eternidades en mis ojos. No lo quería para mí porque, así sin ser mío, fue como lo amé. Atarlo sería renunciar a mi amor. Prefería amarlo siempre, y que él me amara así, de lejos de vez en siempre.

Alondra número 77, Col. El Rosedal.

En algún lugar, por calles empedradas estaba mi escuela, yo era Lucero y acababa de entrar a secundaria. Los días eran muy diferentes a los de la primaria, ya no tenía amigos, ya no salía con nadie y mi madre apenas pasaba el tiempo suficiente conmigo como para recordarla, yo sé que no era su culpa, el peso de llevar la casa sola le quitaba todo lo que quería, hasta a mí. Por lo tanto me volví una persona, que sin remedio, era solitaria, no hablaba más que lo suficiente y siempre caminaba más de lo necesario. El camino de la escuela a casa era el momento dónde más era yo en el día. Pero aquella vez, un día nublado, con charquitos entre las piedras y ese olor a humedad sobre la tierra, decidí caminar por otras calles, al fin nadie me esperaba y nadie lo haría. Fue entonces que encontré esa calle, era angosta y con pequeños árboles, las casas estaban muy juntas y casi todas eran tan antiguas como las de la ciudad entera, pero estas tenían la cara alargada y colores llamativos. A la mitad de la calle vi una banca, y decidí sentarme sólo para ver un poco más ese lugar. Entonces lo vi, era un chico (ni joven, ni viejo) que me saludó; me preguntó qué hacía por ahí, y fue cuando comenzamos a platicar. Era muy extraña la sensación, porque de no charlar con nadie, me sentía muy cómoda con este individuo. Así los días pasaron, todos los días iba y charlaba horas con él, casi todo el tiempo estaba dentro de su casa, o limpiando algo por afuera, yo sentada en la banca al otro lado, la calle era tan angosta que no complicaba la charla. Se convirtió en la única compañía real que tuve en esos días; los temas de los que charlábamos eran extensos y divertidos. Era como si hubiera encontrado algo que no sabía que existiera. Pasaron los meses, fue entonces que sucedió, la escuela se tornó algo diferente, de la nada comencé a platicar con personas que siempre tenía al lado y que eran muy divertidas, comencé a tener amigos en la escuela; en casa pasó algo igual de increíble, mamá encontró un nuevo trabajo, donde podía estar en casa más tiempo y hacer lo que más le gustará sin tener que arriesgar su sueldo. Todo esto comenzó aquel miércoles, por lo que dejé de visitar a mi querido amigo. La vida se tornaba tan buena que perdí el tiempo disfrutándola. Fue entonces, que decidí contarle, tenía que saberlo, al fin se había convertido en mi mejor amigo, único en mucho tiempo. Debía saber. Por lo tanto ese día saliendo de la escuela, corrí, lo más fuerte que podía, y llegué a la calle. Pero al pararme enfrente de ella, la casa ya no estaba. Me quedé impactada, revisé si no había equivocación y no, la casa, mi amigo ya no estaban. Explote en tristeza, corrí a mi casa, mi madre estaría allí. Al llegar sorprendida me preguntó qué me pasaba, le conté de mi amigo, de la casa, de las charlas, le dije la calle, el número, y entonces lo dijo: -Lucero, mi muñequita, en esa calle, jamás ha existido tal casa-.

Blackbird Fly

Era un día en la tarde e iba caminando después de la escuela, ya era un niño grande, entré por fin a tercero de primaria. La calle era empedrada y los árboles grandes, las casas tenían fachadas viejas y la gente sólo caminaba sin ver a su al rededor. Preferí irme por un callejón que por la calle principal y al dar la vuelta fue que lo encontré: en el piso yacía un pajarito azul con negro tirado en el piso, parecía que se había caído e incluso lastimado un ala, lo tomé con ambas manos y lo observé. Fue cuando después vi que arriba estaba su nido, no se veía muy grande, parecía un niño, como yo, sólo que yo era un niño grande ya. Entonces pensé (sin darme cuenta que lo hacía en voz alta) -¿Por qué habrá intentado volar si sabía que quizá le pasaría esto?- Entonces, sucedió, salió de su pequeño pico lo que parecía una respuesta – Sólo intento hacer lo posible para conseguir lo que más anhelo- dijo, y me quedé impactado, ¿cómo sería posible que un pájaro hable, estará loco, o lo estaré yo? Di un viaje por mi mente, y el pajarito no dejaba de mirarme. Entonces, visto que el pajarito estaba dispuesto a hablar conmigo, decidí preguntarle -Pajarito ¿por qué intentaste volar? Si sabías que podría pasarte esto, y algo peor, ¿por qué tomar ese riesgo?- Entonces, tomó un soplo de aire, sus grandes ojos negros brillaron y aún en mis manos contestó -Nada, pero en serio nada, será suficiente para alcanzar lo que yo más deseo- No podía quedarme con la duda e insistí – Y ¿qué es lo que más deseas pequeño amigo?- Y con un suspiro y casi sin poder aguantar las lágrimas dice -Lo que yo más quiero, es ser libre-.

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5 comentarios en “Cuentos

  1. Mi realidad no podria estar mas lejos de “Alondra número 77, Col. El Rosedal.” aun no se como llegue a la ciudad torcida… pero créeme cuando te digo que me arrancaste un suspiro.

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